Como podréis leer en este post, y aunque el titulo puede llevar a confusión, nada de lo que se escribe tiene correspondencia con la actualidad. ¿O qué pensabais?
La historia, como bien sabemos, en ocasiones tiene su parte de leyenda y su parte real. En este post creo, a mi juicio, que convergen ambas.
La historia del bandolerismo andaluz es un tema conocido por todos, personajes como Diego Corrientes, José María el Tempranillo, Los siete niños de Écija, etc, son bien conocidos. Pero creo que no es hasta la difusión por TVE de la serie “Curro Jiménez” cuando la vida, anécdotas, fechorías, de estos personajes llega al gran público.
Este post no tiene otra intención que dar a conocer la relación entre Andrés López “ El barquero de Cantillana” y el pueblo de La Algaba, más bien con Juan de Guzmán, otrora alcalde de nuestro pueblo.
En primer lugar, quiero afirmar, que la historia de Curro Jiménez (desde ahora en adelante por ser más conocido por este nombre televisivo) dista mucho de ser la ofrecida por televisión, pues Andrés López “el barquero de Cantillana”, no fue lo que conocemos. Siguiendo al historiador Bernaldo de Quirós, un bandolero romántico ( aquel que robaba a los ricos y se lo entregada a los pobres), ni mucho menos. Fue más bien un bandolero perteneciente al grupo de los sanguinarios, no luchó al lado de los que se aliaron con los liberales sino con los que defendían el absolutismo. Por otra parte su campo de acción no fue toda Andalucía como se refleja en la serie, sino los pueblos de Cantillana, Burguillos, Alcalá del Rio, La Algaba,… refugiándose después de sus tropelías en la zona de la sierra de Cazalla donde terminaría abatido.
D. Juan de Guzmán, alcalde de La Algaba, fue uno más de los que se unió a otro grupo de alcaldes de la zona para combatir la barbarie del bandolero.
Y esta es la historia:
Junto a cada bandolero famoso ha existido siempre una mujer, como mínimo. Junto a Curro hubo varias. Curiosamente todas vinculadas a autoridades. María, el primer amor, quedó pronto olvidada. La remplazó Amparo, la sobrina del alcalde de La Algaba, pueblo preferido por el bandolero para sus fechorías. Se ignora cómo se conocieron. La leyenda, sin preámbulos de ninguna clase, habla de un amor inextinguible entre ambos. Amparo, además de sobrina, era víctima del alcalde algabeño, quién la mantenía en su casa esperando que al cumplir la mayoría de edad heredara una cuantiosa fortuna. Curro y Amparo se veían y amaban alguna noche que otra, cuando a él le era posible bajar al pueblo sin peligro de caer en mano de los hombres contratados para su persecución, a los cuales se habían ofrecido recompensas de hasta cuatro mil pesos por su captura.
Cierta noche mientras es buscado en el campo, Curro y su cuadrilla bajan a La Algaba. Dos hombres se sitúan estratégicamente a la entrada del pueblo, y "el Barquero" penetra en casa del alcalde, valiéndose de la complicidad de un criado. Amparo le espera preparada y le sigue a la calle, donde queda bajo la custodia de un grupo de bandidos. A continuación Curro vuelve al domicilio del alcalde y sube al dormitorio. Cuando don Juan de Guzmán -este es el nombre que le da la leyenda- abre los ojos, bruscamente despertado por la caricia de un puñal en el cuello, se cree sumergido en una de sus frecuentes pesadillas. Al darse cuenta de la realidad comienza a temblar. Pero Curro le tranquiliza. No le matará. Desea sólo que le entregue los cuatro mil pesos ofrecidos por su captura. Don Juan se levanta lentamente y bajo la amenaza del puñal en la espalda se dirige a una gaveta de la que extrae una bolsa de monedas de oro que entrega al bandido. Curro, después de guardarse el dinero, le amarra con los cordones de una cortina. Como despedida, le tanza un tajo a la mejilla que le deja cicatriz diagonal. Parece que esta es la marca de Curro Jiménez.
Así cuenta la leyenda esta proeza, agigantada sin duda al trasvasarse al romance y después al folletín. Nosotros la creemos cierta en el fondo. La leyenda raramente inventa; se limita a desorbitar hechos o a pintarlos desde un enfoque favorable al gusto del pueblo. Admitimos que, efectivamente, Curro Jiménez asaltó la casa del alcalde y le pidió los cuatro mil pesos ofrecidos por su cabeza. Ya se decía que lo mismo había hecho Diego Corrientes y otros famosos bandidos. Probablemente Curro lo había oído, aparte de que podía ocurrírsele a cualquiera. La historia ya nos cuenta que la hazaña se viene repitiendo a los largo de los siglos. Del primero que se tiene conocimiento cierto es de Coracotta, un bandolero de la época romana, merodeador por la comarca de Estepa en la provincia de Sevilla, a quien, según cuenta Bernaldo de Quirós, "hizo Augusto poner a precio su cabeza, ofreciendo una crecida cantidad a quien se la presentara, vivo o muerto. Y con un rasgo de audacia y de ingenio de seguro efecto, Coracotta, presentándose al Cesar, logró, además de la fuerte cantidad, el perdón de sus crímenes indudables" .
Amparo se traslada a vivir a Sevilla, al domicilio de Dolores Muro, una pariente lejana, donde Curro acude a visitarla de vez en cuando. No por mucho tiempo, pues pronto Amparo enferma y muere. Dolores Muro no la trataba muy bien. Existían rivalidades entre ambas, y Curro se toma venganza apuñalando a Dolores el mismo día que muere su amante. La leyenda habla de que Amparo murió a causa de un veneno lento que le suministraba su prima y que ello fue descubierto por Curro. Lo decimos, siguiendo la leyenda, por si alguien quiere creerlo.
A partir de aquí, el más tenaz y enrabiado perseguidor de Curro Jiménez fue sin duda don Juan de Guzmán, alcalde de La Algaba.
(Area de acción del Barquero de Cantillana)
La leyenda, en el episodio que vamos a narrar, no se muestra muy benévola ni generosa con "el Barquero de Cantillana", pues recoge hechos merecedores de los más duros calificativos. Curro Jiménez actúa aquí con sadismo inaudito. Comete en una sola noche veinte asesinatos. Las víctimas son hombres enviados en su persecución por Juan de Guzmán,, es cierto, pero Curro y sus hombres les matan después de hechos prisioneros y desarmados. No damos el hecho por rigurosamente cierto, al menos en cuanto al número. Pudieran haber sido menos, tal vez siete u ocho, cifra que la tradición terminaría redondeando hasta veinte.
Don Juan de Guzmán, tras la muerte de don Rufo y don Sebastián, alcalde de otros pueblos, entre ellos Posadas, colgados de una cuerda, piensa que la próxima víctima será él y si quiere continuar viviendo no le queda más recurso que acabar con Curro Jiménez.
Para este fin arma una partida a cuyo frente sitúa a un expresidiario apodado "Matasiete", hombre de terrible fama en la comarca por su contextura física y sus conocidos delitos, cancelados ya por la ley a consecuencia de un indulto político. En opinión del alcalde, éste es el hombre ideal para enfrentarse al bandido, tanto por su valentía como por su destreza con el puñal y el trabuco. Se dijo que don Juan de Guzmán ofreció a cada miembro de esta nueva partida dos duros diarios y cinco a "Matasiete". Es una cantidad demasiado enorme pare aquella época y resulta increíble. Con la cuarta parte se hubieran encontrado docenas de voluntarios pare aquel trabajo. El salario de un jornalero no llegaba a una peseta diaria.
Formada la partida, "Matasiete" decide subir a la sierra y establecer su cuartel general en un ventorrillo próximo al alto del Ciervo, en la serranía de Cazalla, establecimiento frecuentado por Curro Jiménez. Pero la noticia del reclutamiento de esta nueva partida no tarda en llegar a oídos del bandolero. Antes de que "Matasiete" y sus subordinados salgan del pueblo ya hay un espía de Curro vigilando. Cuando llegan al ventorrillo el hombre de "el Barquero de Cantillana" corre a comunicar la noticia a éste. Curro no está por perder el tiempo.
Pone en conocimiento a su cuadrilla y sigilosamente se acercan a las tapias del ventorrillo. Dos hombres de "Matasiete" vigilan a ambos lados del camino. "El Chato", uno de los bandidos de Curro, se acerca arrastrándose a uno de los centinelas, que se halla adormilado, y le clava un puñal en el pecho, mientras con la otra mano le atenaza la boca para evitar que grite. A continuación rodea la casa y repite la operación con el otro vigilante, haciendo gala de igual destreza. Libre ya el camino de obstáculos, "el Chato" avisa a Curro y toda la partida se dirige a la puerta. Cuando abre el ventero irrumpen en el interior y sorprenden a "Matasiete" y sus hombres embriagados o dormitando. Se asustan ante las bocas de los trabucos de los bandoleros y se entregan. Son desarmados y conducidos fuera del ventorrillo para ser colgados de los olivos, según orden de Curro. En un gesto muy novelesco "el Barquero de Cantillana" exceptúa a "Matasiete" de una muerte tan poco honrosa. Le arroja una faca y le ordena que se defienda y haga buenas todas sus bravuconerías. Pelean. "Matasiete", al tercer lance, cae con el corazón atravesado.
(Solia esconderse de sus fechorias en la Sierra Norte de Sevilla)
A la mañana siguiente el pueblo de La Algaba presencia aterrorizado junto a las primeras casas el espectáculo espeluznante de veinte cadáveres de lenguas asomadas, y uno, el de "Matasiete", con un orificio en el corazón por el que sangre negra ha salido a regar una camisa sucia.
A la salida de La Algaba, camino de Sevilla, existía una posada a la que solía asistir el alcalde, don Juan de Guzmán, con ánimo, según malas lenguas, de enamorar a la posadera, Luisa, viuda temprana de muy buen ver. Don Juan de Guzmán no podía suponer que Luisa era una confidente de Curro Jiménez. Ella precisamente había sido el cauce por el que el bandolero habíase enterado de la recluta de la partida de "Matasiete". Y en ella se va a apoyar "el Barquero" para concluir de una vez con su enemigo, el alcalde de La Algaba.
Curro llega a la posada una madrugada y convence a Luisa para que se muestre obsequiosa con don Juan y concierte una cita para la noche siguiente en su dormitorio. No podía desear más el alcalde y, llegada la hora convenida, acude puntual a la alcoba de Luisa, sin la más remota sospecha de que tras las cortinas acecha Curro Jiménez, quien, tan pronto don Juan se dirige a Luisa, sentada en la cama, sale de su escondite y le coloca un puñal en el cuello. A continuación le amarra en un sillón, le insulta, le maltrata y le...
Pero veamos cómo cuenta el suceso Hernández Girbal: "Como remate de estas palabras alza la mano y, con todas sus fuerzas, le descarga en el rostro un fortísimo golpe. El alcalde cae a tierra. Rápidamente, Curro le ata y amordaza. Luisa presencia impasible lo ocurrido, mientras don Juan la dirige una mirada de duro reproche. Ella le hace un despreciativo gesto de burla y, acercándose al bandido, le echa los brazos al cuello y comienza a besarle apasionadamente. Tal vez haya un extraño placer en conceder a otro hombre en su presencia lo que él persiguió y no pudo lograr. Los dos amantes, excitados, se aprietan furiosos, besándose y, ante los Ojos espantados del martirizado alcalde, presas de un voluptuoso delirio, sin pudor, se poseen."
Nada queda por hacer para humillar a don Juan de Guzmán. Es hora, entonces, de que muera. Curro Jiménez se asoma por la ventana y silba para que acuda su ayudante "el Chato", a quien le ordena que saque de allí al alcalde y haga lo que ya sabe.
Al día siguiente el pueblo se encontrará con otro cadáver. Don Juan de Guzmán había sido colgado de un olivo y después cargado en una mula y depositado a la entrada del Ayuntamiento.
La muerte alevosa del alcalde de La Algaba fue su última aventura. Fue aquél un crimen que no podía pasar inadvertido. El Corregidor de Sevilla lo aprovecha para solicitar la ayuda de fuerza del Ejército, y se ponen en movimiento, según Hernández Girbal, nada menos que seis compañías al mando de un coronel, a las que se unieron los primeros guardias civiles, recién llegados a la capital del Betis, a las órdenes de don Lorenzo Contreras. Aquí la fuerza del Cuerpo, escasa, actuó embebida en las compañías de Infantería. También, según el mismo autor, figuraban en la expedición cuarenta hombres reclutados, pagados y dirigidos por el hermano del que fuera Alcalde de La Algaba.
Cuenta la tradición que Curro Jiménez logró burlar la dura persecución de las fuerzas del Ejército, con la que sostuvo algunos combates, siempre de resultado victorioso para él y sus hombres. Finalmente el bandolero se ocultó en lo más espeso de la sierra, durante unos tres meses, en espera de mejor clima. Cuando creía abandonada la persecución, decidió ir, él solo, a la venta de su amigo Galindo, a fin de adquirir información y estudiar una nueva estrategia.
Al entrar Curro en la venta no advierte la presencia de un mendigo que le mira con curiosidad. Ocupado en abrazar a su amigo el posadero no se percata tampoco de que el mendigo, sigilosamente, abandona la casa, una vez convencido de que el recién llegado es "el Barquero de Cantillana", por cuya captura tan fuerte suma se ha ofrecido.
Ya bien entrada la noche la venta es rodeada por multitud de soldados, cuyo jefe ordena esperar al amanecer a fin de que Curro no pueda huir amparado en la oscuridad. El cerco, ya próximo el alba, es advertido por la hija del ventero, quien avisa a Curro del peligro que corre. Pero éste no se inmuta. Se dirige a la cuadra y monta en su caballo "Pantalones". A una indicación suya el ventero abre el cerrojo de la puerta y al bandolero sale al galope gritando: "Paso al Barquero de Cantillana", los soldados de centinela a la entrada, sorprendidos, no saben reaccionar. Finalmente disparan, pero la precipitación con que lo ejecutan les impide dar en el blanco.
Son muchos los soldados que rodean la venta. Curro consigue cruzar por delante de varios grupos, pero cuando ya se consideraba a salvo una bala penetra en las ancas del caballo. El bandolero salta de la montura y corre a refugiarse tras un olivo, donde se hace fuerte mediante certeros disparos de su trabuco con los que consigue derribar a cuantos soldados tratan de acercarse. La situación no puede prolongarse demasiado. El cerco se va estrechando. Una lluvia de balas cae sobre él y, finalmente, Curro, sin dejar de disparar se desploma de bruces bañado en sangre.
El cadáver es llevado a la venta y colocado en un improvisado catafalco, junto a la mesa donde se monta un sencillo altar presidido por la Virgen del Carmen.



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