La fiesta de los toros, que es como me gusta llamarla, lejos de fiesta nacional, que trae consigo una serie de connotaciones ideológicas que le ha hecho mucho daño en los últimos sesenta o setenta años cuando una parte de España, como ocurre con tantas otras cosas, se apodera de ella y toma como buque insignia una actividad que tiene en España siglos de historia y nacida del pueblo que es su verdadero amo.
Nadie puede apoderarse de algo que no es suyo y en el caso de la Tauromaquia su dueño es el pueblo llano, no es de izquierdas ni de derechas, es de todos. No hay cosa que me produzca más "inri" que oír a uno de izquierdas denostar a los toros considerándolo como algo nacido en los años de la dictadura franquista o a uno de derechas regodeándose de un supuesto patriotismo bananero cuando habla de la tauromaquia.
Los toros te pueden gustar o no, puedes estar a favor o en contra pero lo malo es identificarlo con una las dos Españas, cosa que en este cainita país ocurre a menudo.
El tema de la abolición sobre las corridas de toros no es nuevo, ni está identificado con la derecha o con la izquierda, pues hay aficionados de cualquier ideología e igualmente, enemigos de toda índole.
A Pepe Díaz, sevillano del barrio de la Macarena, Secretario General del Partido Comunista de España en los años de la República y conocido aficionado a los toros, le preguntaron en una ocasión sobre la posible abolición de la fiesta y respondió que "si un día la quitan me sentaría en la puerta de la Maestranza y lloraría recordando faenas de Belmonte "
Pero bueno vayamos al tema que nos ocupa. "Bicheando por internet, resulta que he descubierto que el tema de la prohibición de los toros no es nuevo. La polémica viene consigo desde su nacimiento. Pero lo curioso del tema es que la primera institución que pide la abolición y de hecho la prohíbe es nuestra querida Iglesia Católica y no parte de un "rouco" de turno, es el mismo Santo Padre quien la lleva a efecto.
El Papa Pío V, que gobernó la Iglesia en la segunda mitad del siglo XVI, tan celoso promotor de las verdaderas reformas de la cristiandad, creyó deber incluir en su programa de corrección de costumbres la supresión y aún condenación de las mismas corridas de toros.
Por una carta del Nuncio de España, monseñor Castagna al Cardenal Alejandrino, desde Madrid, a 17 de junio de 1567, se ve que ya comenzaba a tratar de desterrar las corridas de toros: «Hablando, como por mi cuenta (dice en italiano el Nuncio), en buena ocasión con S. M. [Felipe II] traté de persuadirle que quitara las corridas de toros (…); y S. M. dice que no cree poderlas quitar nunca de España sin grandísimo disturbio…»
Así quedaron las cosas, pero el Papa Pío V haciendo caso omiso al requerimiento de Felipe II, el 1 de noviembre de 1567, publicó la Bula De Salutis Gregis, prohibiendo, bajo graves penas, correr toros sueltos. Tildaba de que las fiestas de toros eran espectáculos cruentos, más de demonios que de hombres; privaba de sepultura eclesiástica a los que muriesen lidiando toros; conminaba con excomunión a los que vistiendo hábito o sotanas asistiesen al espectáculo, a los caballeros de Órdenes militares, legos y si autorizaban estas fiestas, también, a los príncipes; anulaba todas las obligaciones, juramentos y votos de correr toros, hechos en honor de los santos o determinadas solemnidades y, por último, las suprimió en todo el reino.
El ínclito Pio V
No puede fácilmente imaginarse el revuelo que levantó en España la bula prohibitiva de las corridas de toros.
El mismo Nuncio Castagna escribía: «En esta corte los hay entre los principales que se duelen de la bula; pero la provisión es tan santa, que al fin prevalecerá el bien, máxime que ahora hay otras cosas en que pensar más que en los toros».
El propio Felipe II, paladín de la Contrarreforma y de la autoridad de la Iglesia, no quiso refrendar el acuerdo; sin embargo, para no contrariar el soberano las decisiones de la Bula pontificia, dispuso —con buen criterio— que hasta obtener la abolición de ella se corrieran vacas en vez de toros que era lo que el Papa había prohibido.
¿Se publicó oficialmente la bula en España?
Parece ser que no. En realidad, los Obispos no publicaron la bula antitorera, porque se les dio a entender que el rey recurriría al Papa, por tanto no se notificó oficialmente en España y, por esta razón, no tuvo valor jurídico ante los eclesiásticos. Lo cierto es que el conflicto quedó pendiente, pues Felipe II anunció, como era frecuente entonces ante las decisiones pontificias, inmediatas gestiones con Roma.
Sabemos que Felipe II recurrió a Pío V para la revocación o mitigación de la bula prohibitiva de las corridas. En 23 de julio de 1570 ordenó a su embajador en Roma, el duque de Sessa, que se lo pidiera al Pontífice; pero no era éste fácil en mudar una resolución, después que la había tomado.
El Papa Pío V, falleció en 1572, y su sucesor Gregorio XIII fue quien admitió del rey y mitigó la bula quitando las censuras, por lo que tocaba a los legos y a los que eran de las Órdenes militares, y aún esto con dos condiciones: la primera, que no se corrieran los toros en día de fiesta; la otra que se proveyera, en cuanto fuera posible, se procurara con toda diligencia evitar desgracias. Dejando únicamente las que afectaban a la excomunión de los clérigos que presenciaran corridas de toros. La bula comienza: Exponis nobis, y lleva la fecha de 25 de agosto de 1575.
Pero como algunos catedráticos de la Universidad de Salamanca, no solamente asistían a las corridas de toros, sino que enseñaban a los clérigos de orden sagrado, y por hallarse presentes en ellas no incurrían en algún pecado, más lícitamente podían estar presentes, la santidad del Papa Sixto V (recién nombrado Sumo Pontífice, por fallecimiento de Gregorio XIII), a petición del obispo de Salamanca, dio a éste poder y autoridad para proceder contra tales costumbres, firmando el 14 de abril de 1586, el breve Nuper siquidem. No surtió efecto. Antes al contrario, creció el escándalo, pues los clérigos asistían disfrazados de mil maneras.
La confusión reinaba, y Felipe II creyó conveniente acudir otra vez al Vaticano. Esta vez Su Santidad Clemente VIII, quien tenía el pontificado, fundándose en que las fiestas de toros eran «costumbre muy antigua en que los militares, tanto de caballería como de a pie, luchando así, se hacen más aptos para la guerra; ya también porque parece estar en la sangre de los españoles esta clase de espectáculos…», levanta las anteriores excomuniones, anatemas y otras penas, excepto a los frailes mendicantes. Manda el Pontífice que no se celebren las corridas en día de fiesta, y que se provea para que no haya muerte alguna. El documento pontificio es de 13 de enero de 1596, y comienza: Suscepti muneris.
Ni que decir tiene que la bula fue acogida en España con regocijo y produjeron más afecto, simpatías y adhesiones al monarca.
Esta orden de no poder dar corridas los domingos no se derogó hasta mediados del siglo XIX (incluso los carpinteros y obreros que montaban los palenques en los cosos de las plazas públicas no podían trabajar en domingo).
¿Qué motivos alegaban los Sumos Pontífices contra los toros?
Eran los humanitarios, es decir, los peligros del cuerpo y alma a que se exponían los lidiadores y los espectadores, según se desprende de la comunicación del Nuncio Castagna a los Arzobispos el 23 de enero de 1568, declarando que la causa de haber suprimido el Papa Pío V las corridas de toros eran los abusos y muertes que en la misma ocurrían, percepción diferente que apoyan ciertos abolicionistas de las corridas de toros, a quienes parece interesar más proteger a los animales que a las vidas humanas. Pero bueno en eso consiste la libertad, en pensar lo que uno crea conveniente siempre que se respete la libertad de los demás.


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