lunes, 14 de mayo de 2012

QUIEN SE FUE DE SEVILLA PERDIÓ LA SILLA

Qué duda cabe que el castellano es uno de los idiomas más ricos en su vocabulario y en la gran variedad de expresiones. Expresiones que todos utilizamos pero que en la mayoría de las ocasiones no sabemos de dónde provienen.

Este es el caso de la popular expresión "quien se fue de Sevilla perdió la silla". En primer lugar, comentar que la expresión es tal como la he escrito  y no "el que fue a Sevilla perdió la silla" como popularmente nos ha llegado hasta nuestros dias.
 La expresión proviene del siglo XV, surgida del enfrentamiento entre los prelados Fonseca el Viejo y su sobrino Fonseca el Mozo.

Fonseca el Mozo era un prelado español nacido en Toro (Zamora) en 1422 y muerto probablemente en Osma en diciembre de 1505. Era sobrino de Alonso de Fonseca el Viejo y, al igual que éste, tuvo una destacada participación en los asuntos políticos y religiosos del Cuatrocientos castellano.



 Alonso fue hijo de Pedro de Ulloa y de Isabel de Quesada, miembros de un linaje urbano enraizado en la ciudad de Toro. No se tiene constancia de que cursara estudios eclesiásticos, pero, a juzgar por su posterior producción sinodal en el seno de la Iglesia, no cabe duda de que alcanzó un importante grado de conocimiento teológico. Su carrera, desde el inicio, estuvo alentada por su tío Alonso de Fonseca. Hacia 1440 era capellán de la corte de Juan II, aunque a los pocos años cambió el escenario cortesano por un puesto más espiritual, como fue el de prior comendatario del monasterio de San Román de Hornija (Zamora). Poco tiempo más tarde, cuando su tío fue consagrado como obispo de Ávila (1445), Fonseca el Joven le acompañó a tierras abulenses, pues consiguió hacerse con una canonjía de la catedral de Ávila. Allí permaneció incluso cuando su tío fue elegido arzobispo de Sevilla (1454).

En 1460, con ocasión de la vacante del arzobispado de Santiago, Fonseca el Viejo quiso promover a su sobrino hacia la silla compostelana. Este deseo del entonces todopoderoso valido de Enrique IV provocó un conflicto de intereses entre él y el conde de Trastámara, Pedro Álvarez Osorio, que había nombrado a su hijo, Luis de Osorio, como arzobispo de Santiago.

 Gracias a sus influencias en la Santa Sede, el arzobispo de Sevilla realizó una maniobra de compromiso: Fonseca el Mozo sería arzobispo de Sevilla mientras que su tío lo sería de Santiago, hasta el momento en que el conde de Trastámara entrase en razón y se acabara el conflicto, en que ambos parientes permutarían sus diócesis. Así pues, en 1461 Fonseca el Viejo tomó posesión de Santiago y del señorío arzobispal, a pesar de que las tropas del conde de Trastámara intentaron impedírselo. En 1463, una vez fallecido el conde de Trastámara y pacificada la situación, Fonseca el Viejo instó a su sobrino a cumplir lo pactado y permutar las diócesis, pero éste se negó: el marqués de Villena, Juan Pacheco, no había desaprovechado la ocasión de atraerse al joven prelado hacia su bando.



La negativa enfureció al veterano obispo, que cabalgó hacia Coca donde iba a celebrarse una reunión nobiliaria con la presencia de ambos, Villena y Fonseca el Joven. Las amenazas de Fonseca el Viejo provocaron una auténtica revuelta civil en Sevilla: los prelados más jóvenes, el concejo y la burguesía, hartos de los manejos de Alonso de Fonseca, preferían que al Fonseca Joven, mientras que los grandes nobles y el clero veterano apoyaban al Viejo. Finalmente, la cuestión se complicó tanto que fue el propio rey quien tuvo que intervenir en el asunto, y lo hizo a la veleidosa manera acostumbrada: primero, en octubre de 1463, redactó un mandato para que la sede fuera restituida a favor del arzobispo viejo... y en seis meses cambió de idea y dejó al arzobispo joven con su sede.

 La situación se volvió realmente esperpéntica: Fonseca el Viejo acampó en el arrabal de Sevilla (Triana) junto a unos cuantos partidarios suyos, donde esperaba pacientemente que le fuese devuelta su posesión. En el interior de Sevilla, los detractores de Fonseca el Joven instaban a la revuelta, mientras que el arzobispo se atrincheraba con los suyos en la catedral. El esperpento no podía finalizar de otra forma: Enrique IV envió a uno de sus capitanes, Juan Fernández Galindo, para hacer prisioneros tanto al tío como al sobrino. Pero Fonseca el Viejo, avisado por el marqués de Villena (que quería hacer el doble juego a ambos, tío y sobrino), consiguió escapar a Béjar ayudado por el conde de Plasencia, Álvaro de Estúñiga. La colérica reacción de Enrique IV ante la huida del prelado fue solicitar la destitución del arzobispo a la Santa Sede.

Entre 1464 y 1465, Suero de Solís (en nombre del rey) y el cronista Alfonso de Palencia (en nombre de Fonseca el Viejo) dirimieron la cuestión ante la corte. Finalmente, los delegados pontificios, el cardenal Besarión y Guillermo de Ostia, acabaron por ordenar la restitución arzobispal tal como estaba planteada de antemano: Fonseca el Viejo sería arzobispo de Sevilla y Fonseca el Joven lo sería de Santiago.

Durante el conflicto los partidarios de Fonseca el Mozo inventaron el famoso dicho : " QUIEN SE FUE DE SEVILLA PERDIÓ SU SILLA". 




Y hasta aquí la historia de la expresión.

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