En ningún otro ámbito son tan
respetados y admirados los personajes subalternos como en el mundo de los
toros. De hecho, es muy frecuente referirse a ellos como toreros de plata,
para diferenciarlos del matador, que lleva oro en su vestimenta. Los picadores
también lo llevan, y también son personajes principales (recordemos, además,
que durante un tiempo fueron los verdaderos protagonistas de las fiestas de
toros, cuando consistían en una disciplina que la nobleza desarrollaba a
caballo). Los peones, los banderilleros ejecutan, como sabemos, un trabajo sin
el cual la lidia no podría existir.
Digamos que no sólo ponen al toro en
suerte, para que el matador lleve a cabo la faena, sino que ponen en suerte la
lidia misma, que es una labor de plural encaje de bolillos, de precisión
relojera colectiva. Después, el matador es el que se queda solo ante la fiera,
el que debe resolver el jeroglífico en marcha que significa cada toro, y por
eso es el maestro; pero sin los toreros de plata no habría condiciones para
resolver el jeroglífico.
Ha habido en la historia del toreo
muchas cuadrillas de leyenda, muchos banderilleros famosos, y algunos acabaron
por convertirse en matadores de renombre.
Pero ningún banderillero ha
alcanzado la condición mítica del valenciano Enrique Berenguer, Blanquet. Fue
el peón de confianza de Joselito el Gallo, el niñodios, el hombre a quien nunca
pudo un toro, pero a quien un toro terminó matando en una de las más célebres
tardes de tragedia en la historia de la tauromaquia. Tan gran peón fue
Blanquet, y en tanta consideración lo tenía Joselito, que en más de un festejo
se puso a sus órdenes en el tercio de banderillas, como homenaje, y ofició de
peón de su peón.
Cuenta la leyenda que Enrique
Berenguer fue un individuo lunar, de violentas y repentinas supersticiones, de
oscuros comercios con fuerzas insondables. La tarde en que mataron a Joselito
el Gallo, el 16 de mayo de 1920, Blanquet olió fuertemente a cera en el waire de
la plaza, y advirtió al maestro, a medida que transcurría la lidia, de que no
debía salir al ruedo. El quinto de la tarde, Bailaor, mató a José Gómez
Ortega. Hay una foto de Blanquet, velando el cadáver del maestro, en que se le
observa envuelto en una misteriosa aura cetrina.
Blanquet, siempre al lado de Joselito
Dos años más tarde, en mayo de 1922,
Blanquet figuraba en la cuadrilla de Manuel Granero. Camino de la plaza, en
Madrid, el diestro detuvo el coche de caballos para hacerse una fotografía
vestido de luces. Blanquet percibió de repente un fuerte olor a cera, y
visiblemente atemorizado trató de que Granero no torease aquella tarde. Ante
los reproches del maestro, la tradición oral asegura que Blanquet dijo: «Esta
es la última foto que te haces, Manuel». Pocapena, un toro del Duque de
Veragua, mató aquella tarde a Granero en una de las cornadas más horribles de la historia de la tauromaquia.
Blanquet se echa las manos a la cara horrorizado por la cornada que Pocapena ha infrigido a Granero.
Aterrorizado por su don de profecía,
Blanquet se retiró de los ruedos, hasta que Ignacio Sánchez Mejías lo convenció
para que regresase como su peón de confianza.
Blanquet terminó por aceptar, bajo
el juramento de que si volvía a oler a cera, el maestro no torearía. El
aguerrido Ignacio le dio su palabra de honor.
El 15 de agosto de 1926, Sánchez
Mejías toreaba en la Maestranza. Estando en el callejón, Blanquet adivinó de
nuevo en el aire un espantoso olor a cera. Al parecer se produjo un altercado
entre Blanquet, Sánchez Mejías y el resto de la cuadrilla, cuando el peón
valenciano trató de que Ignacio no saltase al ruedo. El caso fue que Sánchez
Mejías incumplió su palabra, hizo su faena con extrema precaución y la tarde
acabó sin percances, entre burlas de los compañeros de Blanquet.


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